El verdadero Israel Imprimir Correo electrónico
Escrito por Pr. Adolfo Espinoza   
Lunes 08 de Marzo de 2010 11:54



"...sino que es judío el que lo es en lo interior, y la circuncisión es la del corazón, en espíritu, no en letra, la alabanza del cual no viene de los hombres, sino de Dios.”

 




Cuando hablamos del pueblo de Dios, es necesario comenzar a examinar este tema desde el principio. La promesa de formar un pueblo, una nación especial, fue dada al creyente Abraham. Allí en los días de este patriarca, Dios da a conocer su propósito de hacer de la descendencia de Abraham, una nación grande y única sobre la tierra. “Pero Jehová había dicho a  Abram: Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré. Y haré de ti una nación grande, y te bendeciré, y engrandeceré tu nombre, y serás bendición. Bendeciré a los que te bendijeren, y a los que te maldijeren maldeciré; y serán benditas en ti todas las familias de la tierra” (Gn.12:1-3) Pasando el tiempo, se expresó Abram ante Dios con tristeza por causa de no tener descendencia; “Luego vino a él palabra de Jehová, diciendo: No te heredará éste, sino un hijo tuyo será el que te heredará. Y lo llevó fuera, y le dijo: Mira ahora los cielos, y cuenta las estrellas, si las puedes contar. Y le dijo: Así será tu descendencia. Y creyó a Jehová, y le fue contado por justicia.” (Gn.15:1-6) Notemos desde ya que la promesa de bendición incluía a todas las familias de la tierra.


Abraham tuvo varios hijos, pero el hijo de la promesa de Dios, solo fue Isaac, el cual nació por la voluntad de Dios en forma soberana y sobrenatural. De Rebeca, mujer de Isaac, nacen dos hijos, Esaú y Jacob. Esaú, el primogénito menospreció su primogenitura y la vendió a su hermano por una sola comida. Dios escoge a Jacob, y de allí en adelante se identifica como el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, y el Dios de Jacob. Es decir, el Dios que se ha manifestado por medio de esta descendencia. No basta con ser hijo o descendiente de Abraham, sino que se debe observar la fe de estos hombres que amaron la primogenitura y creyeron a las promesas de Dios. De esta descendencia nace la nación de Israel, nombre que Dios le dio a Jacob cuando tuvo su encuentro con Dios en Peniel. (Gn.32:28) Es a través de esta nación que Dios se da a conocer, y todas las naciones pueden oír de un solo Dios Verdadero y Creador. Notemos como se refiere el apóstol Pablo a la nación de Israel: “…que son israelitas, de los cuales son la adopción, la gloria, el pacto, la promulgación de la ley, el culto y las promesas; de quienes son los patriarcas, y  de los cuales, según la carne, vino Cristo, el cual es Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos. Amén. ” (Ro.9:1-5) No podemos dejar de reconocer cuanta riqueza, y cuanta bendición de Dios hemos recibido las naciones, por medio de la nación de Israel. También es necesario dejar establecido que ese pueblo no ha dejado de estar en los planes de Dios, ya que a pesar de haber rechazado al Mesías, Dios ha usado este rechazo para llamar a todas las naciones gentiles al conocimiento del Dios Verdadero por medio de Jesucristo, su Hijo. Pero una vez que todos los gentiles hayan entrado, luego todo Israel será salvo. (Ro.11:25-29) ¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos!


El engaño se puede manifestar de muchas formas distintas, pero la verdad y lo original viene de lo que Dios ha establecido. La mujer samaritana defendía la enseñanza de sus padres acerca de la adoración en el monte de Samaria. Pero el Señor Jesús le dijo: “Vosotros adoráis lo que no sabéis; nosotros adoramos lo que sabemos; porque la salvación viene de los judíos.” (Jn.4:22) Esto es lo que se llama centrar las cosas en la verdad. No cualquier culto, no cualquier religión, no cualquier sacrificio puede agradar a Dios; sino el camino que Dios ha establecido para acercarse a él. Podemos entonces confiadamente fijar nuestro corazón y nuestra esperanza en el que Dios ha señalado para ser Salvador y guiador de su pueblo. A él se congregarán todos los llamados al reino eterno de Dios. Por lo tanto, en Cristo Jesús se han de manifestar, de todas las naciones, los que son de la fe de Abraham, a quien fueron hechas las promesas. Aquel id, y predicad el evangelio a toda criatura, es el mandamiento que ha de congregar a los hijos de Dios que estaban dispersos y sacar a luz al verdadero Israel.


Una de las cosas que ha resultado difícil para el hombre es distinguir entre la forma y la sustancia; entre la sombra y el cuerpo; o entre aquello que es figura con aquello que es verdadero. Esta la nación de Israel, la terrenal, pero ¿Podemos distinguir la celestial? ¿Aquella que es la descendencia de Abraham por fe? “Pues no es judío el que lo es exteriormente, ni es la circuncisión la que se hace exteriormente en la carne; sino que es judío el que lo es en lo interior, y la circuncisión es la del corazón, en espíritu, no en letra, la alabanza del cual no viene de los hombres, sino de Dios.” (Ro.2:28-29) “No que la palabra de Dios haya fallado; porque no todos los que descienden de Israel son israelitas, ni por ser descendientes de Abraham, son todos hijos; sino: En Isaac te será llamada descendencia. Esto es: no los que son hijos según la carne son hijos de Dios, sino que los que son hijos según la promesa son contados como descendientes.” (Ro.9:6-8) Esto también lo enseñó el Señor Jesús cuando los judíos se consideraban descendientes de Abraham, Jesús les dijo: “Si fueseis hijos de Abraham, las obras de Abraham haríais.” (Jn.8:39-43) “Sabed, por tanto, que los que son de fe, estos son hijos de Abraham.” (Ga.3:6-10)  Luego, ¿Cómo se puede reconocer al verdadero pueblo de Dios? Por la fe; por aquella atracción que provoca en ellos la palabra de Dios. Notemos lo dicho por el Señor Jesús: “El que es de Dios las palabras de Dios oye.” (Jn.8:47ª) “Yo para esto he nacido, y para esto he venido al mundo, para dar testimonio a la verdad. Todo aquel que es de la verdad, oye mi voz.” (Jn.18:37b)


Por lo tanto, ya no hay relación alguna con las cosas de la carne; no es un pueblo terrenal. Tal como Abraham habitó como extranjero en la tierra de Canaán dando testimonio que esperaba la ciudad celestial, así también los que son de la fe de Abraham, somos un pueblo que tiene ciudadanía celestial. “Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable; vosotros que en otro tiempo no erais pueblo, pero que ahora sois pueblo de Dios; que en otro tiempo no habíais alcanzado misericordia, pero ahora habéis alcanzado misericordia. Amados, yo os ruego como a extranjeros y peregrinos, que abstengáis de los deseos carnales que batallan contra el alma.” (1P.2:9-11) Notemos esta palabra dirigida a los gentiles: “Por tanto, acordaos de que en otro tiempo vosotros, los gentiles en cuanto a la carne, erais llamados incircuncisión por la llamada circuncisión hecha con mano en la carne. En aquel tiempo estabais sin Cristo, alejados de la ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo. Pero ahora en Cristo Jesús, vosotros que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo. Porque él es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación, aboliendo en su carne las enemistades, la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas, para crear en sí  mismo de los dos un solo y nuevo hombre, haciendo la paz, y mediante la cruz reconciliar con Dios a ambos en un solo cuerpo, matando en ella las enemistades.” (Ef.2:11-16) “Porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos. Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús. Y si vosotros sois de Cristo, ciertamente linaje de Abraham sois, y herederos según la promesa.” (Ga.3:27-29) En Cristo Jesús, en aquel que es celestial, no hay nada terrenal, en él habita esta nación santa, este pueblo único y poseedor de todas las promesas de Dios. “Porque en Cristo Jesús ni la circuncisión vale nada, ni la incircuncisión, sino una nueva creación. Y a todos los que anden conforme a esta regla, paz y misericordia sea a ellos, y al Israel de Dios.” (Ga.6:15-16) He aquí, el Israel de Dios, todos los que están en Cristo Jesús, que ya no andan en la carne, sino en el Espíritu, y en la esperanza de los cielos nuevos y la tierra nueva, donde mora la justicia. Amén.

 

Última actualización el Lunes 08 de Marzo de 2010 16:41
 
Ministerio de Comunicaciones Evangélicas Armonía (2010) - Independencia 129, 3er.piso, Santiago, Chile - Telf. 463 7000