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De que Dios ha querido habitar junto a su pueblo hay suficiente testimonio en las escrituras, baste decir que el Señor Jesús dijo: “Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.” (Mt.28:20b) El asunto es que se requiere de una habitación, de una casa, templo o tabernáculo en el cual Dios pueda habitar; y esta morada debe tener unas características muy particulares, ya que en ellas Dios se da a conocer a su pueblo; nos señala el camino por donde debe transitar el hombre para llegar a su presencia y tener plena comunión y amistad con él. Esta amistad se quebrantó en el huerto de Edén, lugar donde el hombre se hallaba en plena relación y cercanía con Dios; y es necesario decir que ha sido Dios el que ha buscado permanentemente restaurar esta relación. Fue en los días Noé en que Dios manifestó su salvación mediante un arca, construida según las instrucciones que Dios entregó.
Así también es necesario examinar ya con más detalle como trató Dios con el pueblo de Israel para la construcción del Tabernáculo de reunión. Primeramente se proveyó de un siervo fiel que hiciera todas las cosas según lo que Dios le mostraba. “Conforme a todo lo que yo te muestre, el diseño del tabernáculo, y el diseño de todos los utensilios, así lo haréis.” (Ex.25:9) “Mira y hazlos conforme al modelo que te ha sido mostrado en el monte.” (Ex.25:40) “Y alzarás el tabernáculo conforme al modelo que te fue mostrado en el monte.” (Ex.26:30) Todos estos pasajes reiterativos, nos muestran la importancia de hacer las cosas según la voluntad de Dios; la casa es para Dios y él sabe los propósitos que tiene con el diseño que ha ordenado hacer. “Finalmente erigió el atrio alrededor del tabernáculo y del altar, y puso la cortina a la entrada del atrio. Así acabó Moisés la obra. Entonces una nube cubrió el tabernáculo de reunión, y la gloria de Jehová llenó el tabernáculo. Y no podía Moisés entrar en el tabernáculo de reunión, porque la nube estaba sobre él, y la gloria de Jehová lo llenaba.” (Ex.40:33-35) Notemos que la obra fue hecha conforme al modelo que Dios le mostró a Moisés; y que cuando la casa está hecha en la voluntad de Dios; Entonces Dios llena esa casa, cumpliendo su propósito de habitar en medio de su pueblo.
No fue diferente en los días del rey David, cuando este quiso hacer una habitación para Dios, estando ya establecidos en la tierra que Dios les había prometido. Si bien es cierto que Dios no le permitió a David construir la casa, si le dio el diseño de ella y le dijo que un hijo suyo la construiría. Y aunque tenemos un doble cumplimiento en esta palabra, ya que en Cristo se cumple a plenitud y espiritualmente, la construcción de la casa; fue Salomón, rey de Israel, quien construyó el primer templo de Dios en Jerusalén. (1Cr.17:11-14) “Mira, pues, ahora, que Jehová te ha elegido para que edifiques casa para el santuario; esfuérzate y hazla. Y David dio a Salomón su hijo el plano del pórtico del templo y sus casas, sus tesorerías, sus aposentos, sus cámaras, y la casa del propiciatorio. Asimismo el plano de todas las cosas que tenía en mente para los atrios de la casa de Jehová…” (1Cr.28:9-12) Están los planos, el diseño establecido por Dios; ahora se requiere fidelidad para hacer las cosas conforme a lo que Dios ha mostrado. Una vez que fue acabada la construcción del templo y ubicados los utensilios, lo último que se hizo fue la ubicación del arca de Dios en el lugar santísimo. Entonces acabada la obra…: “Cuando los sacerdotes salieron del santuario, la nube llenó la casa de Jehová. Y los sacerdotes no pudieron permanecer para ministrar por causa de la nube; porque la gloria de Jehová había llenado la casa de Jehová.” (1R.8:10-11) Nuevamente nos encontramos que cuando la casa está llena de Dios, allí no hay lugar para el hombre, aunque estos sean sus siervos. Dios lo llena todo.
Notemos ahora el cumplimiento espiritual de estas palabras. El Señor Jesús dijo: “…y sobre esta roca edificaré mi iglesia;…” (Mt.16:18b) Nos habla de edificar; de un edificio, el cual somos todos nosotros los creyentes. En esta edificación, primeramente el Señor nos congrega, nos reúne en torno a él; nos limpia de toda inmundicia, de todo pecado. “Ya vosotros estáis limpios por la palabra que os he hablado.” (Jn.15:3) y nos manda a amarnos como él nos ha amado. “Este es mi mandamiento: Que os améis unos a otros, como yo os he amado. (Jn.15:12) Para luego decir en oración al Padre: “Yo te he glorificado en la tierra; he acabado la obra que me diste que hiciese.” (Jn.17:4) Nuevamente nos encontramos con una obra acabada, una obra hecha con fidelidad. Entonces, en pocos días, Dios llenó esta casa con su presencia. “Cuando llegó el día de pentecostés, estaban todos unánimes juntos…..y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen.” (Hch.2:1-4) Cuando la iglesia es edificada según el diseño del Señor, limpiándola de todo pecado con la palabra de Dios, y ensenándole a amarse como Cristo nos amó a nosotros, lo que debemos esperar con toda confianza y convicción, es que Dios vendrá y habitará su templo, su iglesia; llenándola de su presencia y de su gracia, para que cuanto se haga, no lo haga el hombre, sino la gracia de Dios en el hombre.
Hay una profecía que fue dada por medio del profeta Isaías, que anunciaba la presencia de Dios en medio de su pueblo: “Por tanto, el Señor mismo os dará señal: He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel.” (Is.7:14) Dios con nosotros, esa era la gran noticia que se estaba entregando; y esta profecía tuvo su cumplimiento literal en la vida de una virgen de Nazaret, llamada María, la cual concibió y dio a luz un hijo, el cual fue llamado Jesús, el Hijo de Dios. Pero también podemos ver a esta virgen como una figura o tipo de la iglesia que Dios está edificando. Notemos que es la iglesia la que Dios está purificando para que llegue a ser como una virgen. “Porque os celo con celo de Dios; pues os he desposado con un solo esposo, para presentaros como una virgen pura a Cristo.” (2Co.11:2) La iglesia purificada como una virgen, dará a luz al Hijo de Dios: “Hijitos míos, por quienes vuelvo a sufrir dolores de parto, hasta que Cristo sea formado en vosotros.” (Ga.4:19) Esta formación implica que cada miembro, lleno de la gracia de Cristo, en plena comunión, unidos en amor, han de manifestar ordenadamente, la sabiduría y la palabra de Dios, de tal manera de hacer evidente la presencia de Dios en medio de la iglesia, el templo del Dios Viviente. “Pero si todos profetizan, y entra algún incrédulo o indocto, por todos es convencido, por todos es juzgado; lo oculto de su corazón se hace manifiesto; y así, postrándose sobre el rostro, adorará a Dios, declarando que verdaderamente Dios está entre vosotros.” (1Co.14:24-25) ¿Que un incrédulo o indocto pueda dar testimonio de la presencia de Dios en medio de su pueblo? Cuando todo está lleno del Verbo, del Espíritu Santo; allí no hay lugar para la carne, para las cosas de los hombres, porque Dios está llenando su casa.
¿Cómo poder edificar semejante iglesia? Solo recibiendo de Dios el diseño, los planos de tal edificio. Para eso el Señor capacita, y prepara a los obreros, a fin de que sean verdaderos colaboradores en la construcción de su santo templo: “Conforme a la gracia de Dios que me ha sido dada, yo como perito arquitecto puse el fundamento, y otro edifica encima; pero cada uno mire como sobreedifica.” (1Co.3:10) Un perito arquitecto es alguien que es experto en su profesión, y además ha de tener los planos del edificio que se ha de construir, tiene la visión completa de la obra. Entonces puede instruir a otros para mostrar lo que debemos alcanzar por medio de la fe: “Edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo, en quien todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor; en quien vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu.” (Ef.2:20-22) Ante tan hermoso plan de Dios; querer habitar juntamente con su pueblo; solo debemos anhelar que el Señor lo haga, limpiando cada día nuestros corazones, de todo pecado, tradiciones, costumbres vanas; y nos llene de su amor, para que sea derramado su Espíritu Santo, llenando la casa que él ha preparado para su habitación.
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