LA JUSTICIA DEL REINO DE DIOS (4 de 5) Imprimir Correo electrónico
Escrito por Pr. Adolfo Espinoza   
Lunes 18 de Enero de 2010 16:38

Ante todos los afanes y preocupaciones en las que vive todo hombre, luchando por su comida, por su bebida, y  por su vestuario; el Señor Jesús nos enseña como discípulos a buscar el reino de Dios y su justicia, y todas estas necesidades serán añadidas. En toda la palabra de Dios nos encontramos con diferentes momentos en que el hombre gozó, o tuvo la posibilidad de disfrutar de este estado en que Dios le provee de todas sus necesidades


sin que el hombre tenga que sufrir luchando constantemente por su alimento y vestuario. En el principio, Dios planto el huerto de Edén, y puso allí al hombre. Un lugar lleno de arboles de buen fruto que serian suficiente para su alimento. El hombre solo tenía que cuidarlo y hacerlo producir, pero quien lo plantó fue Dios. Pero el hombre desobedeció a Dios y fue expulsado de ese lugar de bendición. Fue sacado a la tierra que quedo bajo maldición, la cual le daría espinos y cardos, y todo ello por medio del sudor de la frente del hombre, es decir, una constante lucha por obtener los recursos necesarios para sobrevivir.

Con el paso del tiempo, Dios apartó a Abraham, e hizo de él una nación especial, una nación en la que sería revelada la verdad, el conocimiento del Dios verdadero. Libró a ese pueblo de la esclavitud en Egipto, y lo guió por el desierto a una tierra que fluye leche y miel, y le dice: “Cuando Jehová tu Dios te haya introducido en la tierra que juró a tus padres Abraham, Isaac y Jacob que te daría, en ciudades grandes y buenas que tu no edificaste, y casas llenas de todo bien que tu no llenaste, y cisternas cavadas que tu no cavaste, viñas y olivares que no plantaste, y luego que comas y te sacies, cuídate de no olvidarte de Jehová… (Dt. 6:10-12). ¿Qué vemos aquí? Nuevamente Dios guiando al hombre a un lugar de reposo, de abundancia de bienes que son provisión del Señor; pero una vez más encontramos la desobediencia del hombre, la incredulidad, por lo que esa generación no entró a ese estado de comunión y dependencia de Dios. Entonces cuando viene el Señor Jesús a llamarnos a buscar el reino de Dios y su justicia, él esta guiándonos a ese lugar de reposo, de refrigerio, de regreso al  hogar donde el Padre está preocupado por las necesidades de sus hijos. Para ello solo se requiere obediencia de todo corazón a sus palabras.

Al buscar la justicia del reino, debemos aprender a ver mas allá de lo que ven nuestros ojos, y a comprender como actúa la justicia de Dios. Lo que para nuestra visión puede ser una injusticia, en Dios es solo una prueba para manifestar la injusticia del corazón de los hombres. “El rico y el pobre se encuentran; a ambos los hizo Jehová.” (Pr. 22:2). ¿Por qué esa injusticia? ¿Por qué hizo a uno rico y a otro pobre? Porque Dios está probando al hombre, a fin de que aquel que recibió riqueza aprenda a compartir con el que padece necesidad. Pero ¿Qué se manifiesta? Que el hombre es avaro, egoísta, menospreciador, y vanaglorioso. Pero lo que ignoramos los hombres es que Dios juzgará a todos los hombres con su justicia. En la historia del rico y Lázaro, el Señor Jesús enseñó que el rico se vestía muy bien y comía cada día con esplendidez; pero a su puerta estaba Lázaro, un mendigo, un hombre pobre que ansiaba saciarse de las migajas que caían de la mesa del rico. Ambos murieron, y aquí comienza a manifestarse lo que no ve el hombre. Hubo juicio, separación. El pobre fue consolado y aquel que actuó con avaricia y vanagloria fue castigado. “Pero Abraham le dijo: Hijo, acuérdate que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro también males; pero ahora este es consolado aquí, y tu atormentado”, (Lc. 16:19-31).

Que importante resulta estar conscientes de esta verdad ahora, para que cuando veamos al pobre no nos escondamos de él, ni lo ignoremos o haya menosprecio en nuestro corazón, porque Dios lo ha puesto en nuestro camino para probarnos. Veamos lo que dice Job respecto de sus siervos: “Si hubiera tenido en poco el derecho de mi siervo y de mi sierva, cuando ellos contendían conmigo, ¿qué haría yo cuando Dios se levantase? Y cuando el preguntara, ¿qué le respondería yo? El que en el vientre me hizo a mí, ¿no lo hizo a él? ¿y no nos dispuso uno mismo en la matriz?” , (Job 31:13-15). Job si tenía consciencia de la necesidad del pobre, del huérfano o de la viuda. Notemos esta preciosa enseñanza del Señor Jesús: “Cuando hagas comida o cena, no llames a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a vecinos ricos; no sea que ellos a su vez te vuelvan a convidar, y seas recompensado. Mas cuando hagas banquete, llama a los pobres, los mancos, los cojos, y los ciegos; y serás bienaventurado; porque ellos no te pueden recompensar, pero te será recompensado en la resurrección de los justos”, (Lc. 14:12-14).

 

En este mismo sentir encontramos el pasaje de Isaías donde se nos habla acerca del verdadero ayuno, de lo que debemos hacer para tener comunión con Dios y ser oídos por él cuando le busquemos. “… ¿No es que partas tu pan con el hambriento, y a los pobres errantes albergues en casa; que cuando veas al desnudo lo cubras, y no escondas de tu hermano? Entonces nacerá tu luz como el alba, y tu salvación se dejara ver pronto…” (Is. 58:6-10). Esta es la justicia del reino de Dios, que se cumpla este sentir en nuestro corazón. Que no seamos indiferentes a la necesidad de otros, porque Dios da a unos para que repartan con los que no tienen. “Porque no digo esto para que haya para otros holgura, y para vosotros estrechez, sino que en este tiempo, con igualdad, la abundancia vuestra supla la escasez de ellos, para que también la abundancia de ellos supla la necesidad vuestra, para que haya igualdad, como está escrito: El que recogió mucho, no tuvo más, y el que poco, no tuvo menos”, (2 Co. 8:13-15). ¡Qué hermosa es la justicia del reino de Dios! ¿De qué sirve acumular con avaricia muchos bienes, si estos se van a perder? Debemos usarlos para que en aquel día seamos recibidos con gozo en el reino de Dios. Así que, “El que hurtaba, no hurte más, sino trabaje, haciendo con sus manos lo que es bueno, para que tenga que compartir con el que padece necesidad”, (Ef. 4:28).

El Señor Jesús mando que nos amasemos como él nos amó a nosotros, dejando este sello: En esto conocerán todos que sois mis discípulos. (Jn. 13:34-35) Por lo que el amor fraternal ha de ser la evidencia de que hemos conocido al Señor y hemos sido enseñados por él. Que imposible resulta haber caminado con el amor y no aprender a amar. Es la negación misma. Ciertamente, aquel que no sabe amar, no ha conocido a Dios, porque Dios es amor. “En esto hemos conocido el amor, en que él puso su vida por nosotros; también nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos. Pero el que tiene bienes en este mundo y ve a su hermano tener necesidad, y cierra contra él su corazón, ¿Cómo mora el amor de Dios en él? Hijitos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad”, (1 Jn. 3:16-18).

He aquí, entonces, la justicia del reino de Dios. A unos les dio bienes y a otros les dio necesidad para que los unos ayuden a suplir las necesidades de los otros a fin de que haya igualdad. Lo que impide que esta justicia se cumpla es el egoísmo y la avaricia del hombre. El engaño de creerse superior e ignorar que de todo lo que hemos recibido, debemos dar cuenta y saber además que todo ha sido gracia de Dios y no capacidad humana, por lo que debemos tener un corazón agradecido y honrar al que ha tenido de nosotros tanta misericordia para proveernos de todos sus bienes. “Las riquezas y la gloria proceden de ti, y tu dominas sobre todo; en tu mano está la fuerza y el poder, y en tu mano el hacer grande y el dar poder a todos”, (1Cr.29:11-18).

Este mismo principio es aplicado en el sentido espiritual, aquellos que han sido enriquecidos en Cristo, que han alcanzado mayor gracia y conocimiento de los misterios de Dios, han de dar generosamente para los que tienen necesidad a fin de que haya igualdad. Así Dios manifiesta su justicia en medio de su pueblo cuando hay obediencia a sus mandamientos. En esto Dios es glorificado y enaltecido su santo nombre.


Pastor Adolfo Espinoza




Nota: El presente artículo es el cuarto capítulo de una serie de cinco. En cada uno de ellos el Pastor Adolfo Espinoza estará compartiendo un estudio bíblico relacionado a la Ofrenda. La serie está ordenda de la siguiente manera:
 
Capítulo 1: La ofrenda de fe
Capítulo 2: Tesoros en el cielo
Capítulo 3: Ofrenda de corazón
Capítulo 4: La justicia del reino
Capítulo 5: Haya alimento en mi casa


Última actualización el Miércoles 16 de Junio de 2010 19:48
 
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