Publicado el Martes, 05 Marzo 2013 16:11 Escrito por Pr. Adolfo Espinoza Visitas: 304
Sin duda, Dios es el autor de toda la creación; y de todas las cosas creadas, hay una mayor, una sobresaliente, la principal obra de la creación; y esa obra es el hombre. En el conocimiento popular, común, se dice que todos los hombres están hechos a la imagen de Dios, pero esta idea es incorrecta y empobrece la gran obra de Dios. Cuando el Señor dijo: “Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra. Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó.” (Gn.1:26-27) Dios estaba hablando de Jesucristo y no de Adán. El Señor Jesús dijo: “Porque si creyeseis a Moisés, me creeríais a mí, porque de mí escribió él.” (Jn.5:46) Notaremos que nunca se dice que Adán, ni de ningún otro, haya tenido la imagen de Dios; sino que solo del Señor Jesús: “El es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación.” (Col.1:15) Dios ha querido darse a conocer por medio de su Hijo Unigénito; el Dios invisible se ha manifestado en la persona de Jesús, el Mesías; y desde la eternidad se ha propuesto transformar al hombre a su imagen y semejanza mostrando el modelo perfecto, ese es Jesús.
“Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos.” (Ro.8:29) Aquí tenemos el cumplimiento en Cristo de la palabra de Génesis 1; Dios está cumpliendo su propósito por medio del evangelio, que se predica a toda criatura en el mundo entero. Notemos claramente lo que hemos dicho, a fin de comprender esta obra que Dios ha estado haciendo a través de todas las generaciones. “Fue hecho el primer hombre Adán alma viviente; el postrer Adán, espíritu vivificante. Mas lo espiritual no es primero, sino lo animal; luego lo espiritual. El primer hombre es de la tierra, terrenal; el segundo hombre, que es el Señor, es del cielo. Cual el terrenal, tales también los terrenales; y cual el celestial, tales también los celestiales. Y así como hemos traído la imagen del terrenal, traeremos también la imagen del celestial.” (1Co.15:45-49) Hay dos Adames, el primero es terrenal y el segundo celestial; y todos hemos traído la imagen del terrenal, el primer Adán; pero todos los creyentes en Cristo Jesús están llamados a alcanzar la imagen del celestial, y esta es la imagen de Dios; obra que Dios está haciendo en todos los que creen y obedecen al evangelio.
Ciertamente esta obra no se hará en los incrédulos, por lo que al oír las palabras del Señor Jesús, debemos poner atención de tal forma de ser obedientes a sus mandamientos. Lo primero es obedecer a sus palabras en cuanto a cómo debemos vivir esta vida; entonces también el Señor nos guiará a aquellas cosas que son celestiales. “Si os he dicho cosas terrenales, y no creéis, ¿cómo creeréis si os dijere las celestiales?” (Jn.3:12) Ante estas palabras, veremos que una transformación necesaria e importantísima que debemos experimentar, es la siguiente: “Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas.” (Mt.11:29) El Señor está diciendo que debemos someternos a su palabra, hacernos sus siervos, sus esclavos, para obedecer a sus mandamientos y aprender a ser como él es, manso y humilde de corazón, de naturaleza.
Esta es una gran transformación para los creyentes, y tiene que ver con la imagen de Dios. Esto es hacerse sus discípulos, sometidos a su disciplina. “Humillaos, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que él os exalte cuando fuere tiempo.” (1P.5:6) La mano de Dios está moldeando su imagen en los creyentes, para lo cual es necesario humillarse ante el Señor, vivir esa hechura, y a su tiempo Dios exaltará su obra, manifestará lo que él ha hecho. Ciertamente no se hará en los soberbios, ni en los altivos, sino en aquellos que se rinden al Señor y confían en sus palabras.
Entonces veremos como en la vida diaria somos enfrentados constantemente con distintas personas, y el Señor nos manda a someternos a las autoridades superiores, con el objetivo de manifestar la mansedumbre y la humildad que él nos ha enseñado. “Sométase toda persona a las autoridades superiores; porque no hay autoridad sino de parte de Dios, y las que hay, por Dios han sido establecidas. De modo que quien se opone a la autoridad, a lo establecido por Dios resiste; y los que resisten, acarrean condenación para sí mismos.” (Ro.13:1-2) Esta es la práctica de la mansedumbre, es la manifestación de que Jesús es nuestro Señor, nuestro Amo, nuestro Rey; que verdaderamente nos manda y gobierna en nuestros corazones. Esto es llevar su yugo sobre nosotros, y su mano estará limpiando nuestros corazones de rebeliones y altanerías que son aborrecidas por nuestro Creador.
Llevar su yugo implica dejarse guiar, dejarse gobernar; ya que el hombre envanecido por sus razonamientos, se independizó de Dios y decide por sí mismo lo que es bueno o lo que es malo, y esto lo ha llevado a andar en tinieblas y detrás de todo engaño. Así también ocurrió con el pueblo de Israel, desligándose de su Dios: “Porque desde muy atrás rompiste tu yugo y tus ataduras, y dijiste: No serviré…” (Jer.2:20ª) El mismo pueblo de Dios, rebelándose al gobierno de Dios, no aceptando ser dirigidos por su Señor. Entonces hay gran pérdida, no hay hechura. Pero entre los creyentes, se hace esta obra, porque tenemos esperanza en sus promesas y hemos confiado que hay vida eterna y recompensa del Dios Altísimo.
Notemos la sujeción y la obediencia a la palabra de Dios en la vida práctica. “Las casadas estén sujetas a sus propios maridos, como al Señor; porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia, la cual es su cuerpo, y él es su Salvador. Así que, como la iglesia está sujeta a Cristo, así también las casadas lo estén a sus maridos en todo.” (Ef.5:22-24) Este mandamiento debiera ser mirado por la mujer creyente, como una meta para su vida espiritual, una formación de su carácter conforme a la voluntad de Dios. “…Vuestro atavío no sea el externo de peinados ostentosos, de adornos de oro o de vestidos lujosos, sino el interno, el del corazón, en el incorruptible ornato de un espíritu afable y apacible, que es de grande estima delante de Dios. Porque así también se ataviaban en otro tiempo aquellas santas mujeres que esperaban en Dios, estando sujetas a sus maridos…” (1P.3:1-6) Esto es para la formación del carácter de la mujer.
Ahora, para los hijos, para los jóvenes, ésta es la palabra: “Igualmente, jóvenes, estad sujetos a los ancianos; y todos, sumisos unos a otros, revestíos de humildad; porque: Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes.” (1P.5:5) “Hijos, obedeced en el Señor a vuestros padres, porque esto es justo. Honra a tu padre y a tu madre, que es el primer mandamiento con promesa; para que te vaya bien y seas de larga vida sobre la tierra.” (Ef.6:1-3) Ahora, un mandamientos para los varones, los trabajadores, que deben aprender a ser humildes y sometidos de todo corazón a sus patrones. “Siervos, obedeced a vuestros amos terrenales con temor y temblor, con sencillez de vuestro corazón, como a Cristo; no sirviendo al ojo, como los que quieren agradar a los hombres, sino como siervos de Cristo, de corazón haciendo la voluntad de Dios; sirviendo de buena voluntad, como al Señor y no a los hombres, sabiendo que el bien que cada uno hiciere, ése recibirá del Señor, sea siervo o sea libre.” (Ef.6:5-8) “Todos los que están bajo el yugo de esclavitud, tengan a sus amos por dignos de todo honor, para que no sea blasfemado el nombre de Dios y la doctrina.” (1Ti.6:1)
Cuán difícil es recibir estos mandamientos para el hombre natural, acostumbrados a exigir derechos y a llenar su corazón con murmuraciones y toda altivez y rebelión. Pero, todos estos mandamientos están guiando a los creyentes hacia el carácter del Señor Jesucristo, pero la carne resiste esta hechura, y es por ello que muchas veces no son obedecidos, y los llamados por el Señor a esta transformación, se convierten en incrédulos y desobedientes. Es por esta causa que la salvación es por la fe, es decir, solo con creer en la palabra de Dios, no por razonar esta palabra, ya que la mente carnal resistirá la voluntad de Dios, ella es enemiga del Espíritu y no puede aceptar la humildad. Es por tanto, necesario, experimentar la transformación de nuestro entendimiento para comprobar que la voluntad de Dios es buena y es perfecta. “No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cual sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.” (Ro.12:2) Este es el obrar de Dios en los que creen y se dejan guiar por las palabras del Señor Jesús, para experimentar la transformación del primer Adán, y llegar a alcanzar aquella imagen de Dios, Jesucristo, para lo cual fue creado. Amén.
Pastor Adolfo Espinoza