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Temas de Economía con Sabiduría

¿Necesidad o deseo?

“Al entendimiento, dominio propio; al dominio propio, constancia; a la constancia, devoción a Dios”. (2a. Pedro 1:6, NVI). Ver también Hebreos 13:5.

Antes de clarificar estos dos conceptos, quisiera recalcar que no está mal tener deseos o gustos y satisfacerlos. No estamos promoviendo el masoquismo. Sin embargo, para llegar a ser un “comprador inteligente” es importantísimo tener claro cuáles son realmente nuestras necesidades y cuáles no lo son.

Debemos satisfacer nuestras necesidades primeramente y, luego, satisfacer nuestros deseos y gustos solamente en el caso de que tengamos los recursos económicos disponibles para hacerlo.

El problema es que las campañas publicitarias nos han enseñado a hablar mal. Nos han enseñado a decir que todas las cosas que queremos comprar son “necesidades”. Los varones decimos: “Necesito una computadora”, o “Necesito unas vacaciones en el mar”. La hija más pequeña dice: “Necesito un vestido rojo para Navidad”. La señora de la casa dice: “Necesitamos un televisor nuevo”.

Cuando empezamos a decirnos en voz alta que “necesitamos” algo, creo que nuestro cerebro se convence de que es una “necesidad” y comienza a buscar la forma de proveer para esa necesidad. Debemos aprender a usar un vocabulario diferente al momento de hablar de compras.

 
¿Qué es la necesidad?
 
Hay diferentes maneras de  de definirla y éstas pueden ir desde las más básicas (fisiológicas) hasta la necesidad de sentirse realizado (pasando por la necesidad de seguridad, pertenencia y estima propia).
 
Sin embargo, para los propósitos de nuestro estudio, voy a definir como “necesidad económica”  todas aquellas cosas que realmente necesitamos para sobrevivir: comida, vestimenta, vivienda, etc. No solamente cosas materiales o corporales, sino todo aquello que estemos verdaderamente necesitando para nuestra supervivencia como seres humanos (por ejemplo: seguridad, salud, transporte, etc.).
 
Nosotros debemos colocar nuestras necesidades en el nivel de prioridad más alto. Debemos buscar suplirlas a toda costa. Allí deben ir nuestros recursos financieros sin mayores dudas ni retrasos.
 
Los deseos
 
Cuando hablamos de las compras que tenemos que hacer, todo aquello que no es una necesidad es un deseo. Ya sea un deseo “cualitativo”, en el que expresamos el anhelo de una calidad más alta por una necesidad determinada, o un deseo “propiamente dicho”, en el que simplemente quisiéramos tener algo que nos gusta.
 
Un deseo cualitativo podría ser, por ejemplo, un buen pedazo de bistec en lugar de una hamburguesa. El alimento es una necesidad básica del cuerpo. Pero, en este caso, uno está queriendo satisfacer esa necesidad con un producto más costoso y de más alta calidad: un bistec. Lo mismo podría ocurrir en todas las otras áreas de necesidades reales en nuestra vida: podemos comprar un vestido en una tienda de vestidos usados o podemos comprar uno de alta confección. En ambos casos, la vestimenta es una necesidad, pero la forma en la que queremos satisfacer esa necesidad puede transformar la compra en un deseo.
 
Un deseo “propiamente dicho” es todo aquello que no tiene nada que ver con una necesidad. Comprarnos un gabinete para el televisor, una mesa para el patio de la casa, una videograbadora, un velero o comprar otra propiedad para hacer negocio con ella pueden ser ejemplos de este tipo de deseos.
 
Nosotros deberíamos satisfacer nuestros deseos solamente después de satisfacer nuestras necesidades y si tenemos los recursos económicos para hacerlo.
 
Por lo tanto, antes de salir de compras es importante que tengamos claro lo que es una necesidad y lo que es un deseo. En estos días la gente tiene la tendencia de decir “necesito una computadora” o “necesitamos una máquina de sacar fotos”, cuando, en realidad, deberían estar diciendo “¡cómo quisiera comprarme una computadora!” o “¡cómo nos gustaría tener una máquina de sacar fotos!”.
 
Lamentablemente, en los últimos 30 años hemos pasado a través de un proceso de condicionamiento para comenzar a hablar de “necesidades”, en vez de reconocer nuestros deseos. Al hacerlo, creamos una ansiedad interior que nos impulsa a satisfacer esa “necesidad”. Es entonces cuando invertimos nuestro dinero en cosas que realmente podrían esperar y nos olvidamos de proveer para aquellas cosas que realmente necesitamos (ya sea en forma inmediata como a largo plazo).
 
Finalmente, debemos tomar nota de que no siempre lo que parece un “ahorro” realmente lo es. Por un lado, porque, como dicen muchas damas del continente: “lo barato sale caro”. En algunas circunstancias nos conviene comprar cosas de mejor calidad, pero que nos durarán de por vida, que cosas de baja calidad que tendremos que reemplazar cada cierta cantidad de años.
 
Por otro lado, no siempre es una buena idea comprar “ofertas”. Si yo compro 10 jabones de lavar la ropa porque estaban casi a mitad de precio y después de dos días me quedo sin dinero para comprar leche, he hecho una mala inversión. Ahora tengo dinero sentado en la repisa del cuarto de lavar la ropa que se me ríe en la cara, porque no puedo prepararme un café con jabón (necesito leche). Este es un típico caso en el que no me conviene “ahorrar gastando”.
 
Sin embargo, si el almacén de la esquina de mi casa está ofreciendo 2 litros de leche por el precio de uno, yo debería inmediatamente tomar la oferta (especialmente si tengo niños en casa). La leche es un elemento de consumo diario y es una necesidad básica para mi supervivencia. El jabón de lavar la ropa y otros limpiadores pueden ser reemplazados por alternativas más baratas.
 
Este último problema de comprar más de lo que uno necesita y tener dinero estancado en las alacenas de la casa es un problema que millones de negociantes confrontan cada día a lo largo y ancho del mundo. Lo crea o no, el manejar la economía de un hogar tiene mucho que ver con la forma en la que se maneja la economía de un negocio, incluso, con la forma en la que se maneja la economía de un país.
 
 
Dios les bendiga.
 
Marco Antonio Orellana, economista.
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