Publicado el Jueves, 31 Agosto 2012 16:37 Escrito por Marco Antonio Orellana Visitas: 952
En nuestros tiempos la deuda se ha convertido en una forma rápida de adquirir bienes y servicios, que por nuestros propios medios tardaríamos más en conseguirlos. Estos bienes y servicios podemos clasificarlos en 2 categorías generales:
1.- Bienes o servicios de primera necesidad: Alimentos, vestuario, servicios básicos (luz, agua, gas, teléfono, etc.), educación, habitación y transporte.
2.- Bienes o servicios que no cubren una necesidad básica: Electrónica, electrodomésticos, automóviles, viajes, joyas, etc. En esta categoría también caen aquellos bienes que son considerados suntuarios, como obras de arte, joyas de alto valor, segundas viviendas, y, en fin, todo lo que represente un gasto extra y que no amerite una necesidad inmediata, y cuyo uso -a veces- es escaso o nulo.
Hay mucha gente que se endeuda por necesidad cierta, propia o inducida. Comprar una casa, pagar el colegio o la universidad, comprar un automóvil para ir al trabajo, o incluso una casa o departamento en la playa, son motivos que parecen suficientes para endeudarse, sólo si la necesidad así lo impone. Por lo tanto, la deuda en sí no es buena ni mala, sino que todo depende del uso que se le dé.
Si nos endeudamos para comprar bienes duraderos que no podríamos tenerlos sin deuda, está bien usar la deuda; pero si ésta se usa para comprar bienes desechables o –yendo al extremo- la utilizamos para comprar bienes de consumo, estamos ante una situación delicada. Aquí llegamos a un punto que es crucial en la relación de deuda que debemos tener como cristianos. Hoy existe un acceso casi ilimitado al crédito, el mal llamado “crédito fácil”.
Es por ello que ahora nos surgen otras preguntas: ¿Qué debo hacer si ya tengo deuda? ¿Cómo salgo de este problema?
Aunque es verdad que las respuestas a estas interrogantes pueden ser obvias, si ordenamos las ideas pueden resultar en una buena ecuación:
Primer paso: Ver qué tan dramático es mi caso. Aquí debo entender cuánta deuda es suficiente. Hasta 7 veces mi renta, la deuda aún es controlable; sobre esto se vuelve peligrosa.
Segundo paso: Si estoy por sobre lo señalado en el punto anterior (7 veces mi renta) debo refinanciar mi deuda o hacer un esfuerzo adicional (vendiendo algún bien, por ejemplo) para alcanzar el tope y así poder “servir” esta deuda.
Tercer paso: Si estoy en el tramo adecuado, debo buscar consolidar deuda a una tasa de interés menor, de forma de bajar la carga financiera mensual.
Cuarto paso: Debo buscar un plazo adecuado, de equilibrio, que permita pagar con holgura. En deudas de corto plazo, lo normal y óptimo es usar no más de un 15% de mi renta en cuotas. Por ejemplo: si la renta es de $200.000, la cuota no debe superar los $30.000. En hipotecario se usa un 30%. Así, tomando el mismo ejemplo, tenemos que la cuota no debe superar los $60.000. Por ello, si sumamos ambas deudas, llegamos a $90.000, lo que representa un 45% de mi renta, quedando sólo un 55% para vivir ($110.000), con lo que se debe cubrir luz, agua, gas, teléfono, colegio, útiles escolares, etc.
Luego, surge otra pregunta: ¿Qué pasa si con el dinero que me queda después de servir la deuda no me alcanza para vivir? ¿Adquiero más deuda, que es lo que muchas personas hacen?
La primera respuesta es: ¡Debo reformular mi deuda! Esto significa que debo revisar el QUÉ, POR QUÉ y PARA QUÉ me endeudé, y plantearme algunas interrogantes básicas: ¿Contribuyó esta deuda a que yo generara más ingresos? Y si así fue, ¿Por qué entonces no me alcanza? ¿Será que he caído en la trampa de que mientras más gano, más gasto?
Continúa...
Dios les bendiga.
Marco Antonio Orellana, economista.
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